Pokémon hace tiempo que dejó atrás la pantalla monocromática de la Game Boy, donde comenzó la aventura en 1996. De cara a su trigésimo aniversario en 2026, Pikachu y sus compañeros pasan de los videojuegos a los cuadernos y luego vuelven a la mesa familiar en forma de dibujos y láminas para colorear. Esta circulación explica en parte su longevidad: cada generación reconoce a las mismas criaturas, pero se las apropia con sus propios colores, técnicas e historias.
Los treinta años de Pokémon no solo celebran, pues, una franquicia comercial. Permiten observar cómo un universo popular se convierte en un lenguaje compartido entre adultos y niños. El dibujo desempeña aquí un papel discreto, concreto y accesible: transforma el recuerdo de uno en una creación común.
Treinta años, varias formas de acercarse a la saga
Pokémon nació en Japón en 1996. Con motivo de su trigésimo aniversario, la campaña oficial plantea una pregunta deliberadamente sencilla: «¿Cuál es tu favorito?». La iniciativa invita a los fans a elegir una criatura y a compartir su respuesta. Los eventos anunciados distinguen incluso entre citas familiares y otras dirigidas a los fans que han crecido con Pokémon. La coexistencia de diferentes generaciones ya no es, por tanto, un efecto secundario de la saga: forma parte de la forma en que se presenta su aniversario.
No todos los adultos han conocido Pokémon de la misma manera. Para unos, el recuerdo está ligado a los primeros videojuegos o a la serie de dibujos animados; para otros, a las cartas y, posteriormente, a Pokémon GO. Los niños de hoy en día a veces se inician a través de un videojuego reciente, un vídeo o una hoja impresa. Ningún soporte por sí solo resume treinta años de historia. En cambio, las siluetas, los colores y los nombres crean suficientes puntos de referencia comunes como para entablar una conversación.
El dibujo transforma un recuerdo en un intercambio
Mirar una carta antigua es una actividad que remueve la memoria. Dibujar obliga a hacer algo más: observar, elegir e interpretar. Un padre o una madre puede reconocer inmediatamente las orejas de Pikachu o la llama de Charmander, mientras que un niño se fija en una pose, una evolución o un color que ha descubierto en un juego más reciente. Las dos perspectivas no se confunden, y eso es precisamente lo que hace que la actividad resulte interesante.
El adulto transmite puntos de referencia, no un modelo perfecto
La transmisión no consiste en reproducir el dibujo oficial sin cometer errores. Puede comenzar con una anécdota muy sencilla: el primer Pokémon elegido, una carta intercambiada en el patio o una criatura que se dibujaba de memoria. Estos recuerdos dotan al personaje de una historia personal, sin imponer al niño la forma correcta de representarlo.
El lápiz también reduce la brecha entre los distintos niveles de conocimiento. No es necesario dominar los tipos, las generaciones o las reglas de un juego. Un círculo, dos orejas y unos cuantos colores bastan para empezar. Nuestra guía para dibujar a Pikachu paso a paso puede servir de punto de partida, pero el resultado gana si se mantiene personal.
El niño reinterpreta el legado recibido
Un niño puede cambiar los colores, inventar una evolución o situar a un Pokémon en un escenario que no existía en los recuerdos del adulto. Este cambio no traiciona el modelo: mantiene el universo en movimiento. La cultura rara vez se transmite como una copia intacta. Continúa cuando cada uno puede aportar algo.
Esta idea permite distinguir el dibujo compartido de un mero consumo nostálgico. Comprar un objeto conmemorativo deja un rastro. Crear codo con codo genera una experiencia nueva, ligada a un momento, a una conversación y a dos formas de ver al mismo personaje.
Cuando Pokémon entra en el museo
La exposición Una exposición legendaria, que se presenta en el Musée en Herbe de París del 16 de abril al 6 de septiembre de 2026, ofrece un indicio muy visible de esta evolución cultural. El museo la dirige a un público «de 3 a 103 años» y muestra, entre otras cosas, cartas antiguas, bocetos preparatorios de la serie de animación y la evolución de Pikachu a través del trabajo de diferentes dibujantes. El recorrido también incluye visitas guiadas y talleres que reúnen a padres e hijos en torno a una creación artística.
Esta exposición es un homenaje independiente, no afiliado a The Pokémon Company International, tal y como se especifica en su dossier de presentación. No obstante, resulta reveladora: objetos que antes se asociaban con la habitación o el patio del colegio ahora se exponen, se comentan y se relacionan con el arte contemporáneo. Los adultos pueden reencontrarse allí con imágenes familiares, mientras que los niños las descubren en un contexto diferente.
La visita al museo no confiere a Pokémon más legitimidad que el hecho de colorear en casa. Más bien demuestra que la frontera entre el juego, el dibujo, el coleccionismo y la cultura popular se ha vuelto difusa. Una misma criatura puede ser un personaje de un juego, un recuerdo de la infancia, el tema de un taller y un motivo artístico.
Lo que permite afirmar la investigación
Un estudio publicado en la revista Convergence ha examinado la forma en que los padres aprendían a jugar a Pokémon GO con sus hijos. Se basa en una encuesta realizada a 352 padres y cuidadores, complementada con 24 entrevistas. Los autores describen Pokémon GO como un espacio de juego intergeneracional y estudian los recursos que movilizan los adultos para aprender.
Esta investigación se centra en un juego para móvil, no en el dibujo. Por lo tanto, no demuestra que colorear un Pokémon mejore automáticamente las relaciones familiares. Sin embargo, confirma un punto útil: el universo Pokémon puede convertirse en un espacio donde padres e hijos aprenden, buscan información y practican juntos. El dibujo representa otra forma posible de este terreno común, con menos reglas y casi ningún material.
Una actividad para hacer en pareja
Elegid cada uno un Pokémon favorito, sin intentar que os toque el mismo. Coged dos hojas y dibujad durante diez minutos, a partir de un modelo o de memoria. A continuación, intercambiad las hojas para añadir un fondo, un detalle o un color, sin borrar el trabajo del otro. Terminad poniendo un título de boca a cada escena y fechando los dibujos.
El objetivo no es comparar talentos ni decidir qué generación conoce mejor a los Pokémon. El interés reside en las elecciones: ¿por qué esta criatura, este color, esta pose o este recuerdo? Para los más pequeños, una figura para colorear puede sustituir al dibujo libre. Nuestro artículo Del triángulo a Pikachu ofrece otras pautas para adaptar la actividad a los niños de infantil.
Guarda las dos hojas juntas. Repetir el ejercicio unos meses más tarde con otro Pokémon crea un pequeño archivo familiar: no una colección costosa, sino el rastro de gustos y gestos que van evolucionando.
Pokémon ha perdurado durante treinta años porque sabe adaptarse a diferentes soportes sin perder sus rasgos esenciales. El dibujo hace visible esa continuidad: un adulto transmite un recuerdo, un niño lo transforma y, al final, cada uno se queda con una versión que ningún producto oficial podría haber previsto. La longevidad cultural de Pokémon también reside ahí, entre dos hojas, unos lápices y una criatura elegida entre todos.



